Prohibido bajar los brazos

Prohibido bajar los brazos

lunes, agosto 29th, 2016


Por Pablo Duer

En el sur de Israel, en la pequeña ciudad de Ofakim, se encuentra una institución que se dedica a mejorar la calidad de vida de sus pacientes. Cientos de empleados y voluntarios de distintas partes del mundo se brindan a diario en pos de quienes más lo necesitan.

Mucho hemos escrito sobre proyectos sociales y comunitarios, sobre centros de ayuda, sobre ONGs e individualidades, héroes y heroínas, dedicados al bienestar de quienes menos tienen o más necesitan. Los hemos narrado desde la admiración, descrito desde el orgullo y presentado con palabras que rozaban la idolatría. Sucede que creemos que esas acciones merecen un espacio en nuestra revista, nuestro propio salón de la fama. Son voces que creemos merecen ser escuchadas o, al menos, conocidas.

Hoy queremos hacerle un lugar en este salón a un proyecto que, cuando lo conocimos, resultó eficiente como pocos para arrancarnos unas cuantas lágrimas y ponernos la piel de gallina. Que nos dejó al borde del knockout emocional cuando dimos los primeros pasos por su colegio adaptado y su hospital.

Cuando escuchamos los testimonios de sus docentes y enfermeros y cuando vimos a los primeros chicos correr entre nuestras piernas y fundirse con nosotros en abrazos de minutos, en silencio pero transmitiendo en ese contacto mucho más de lo que permiten las palabras. En unas pocas horas de recorrida alcanzamos a percibir que ALEH Negev es un centro de rehabilitación que poco tiene de cotidiano, ideal, casi utópico. Un oasis en la dura realidad de sus verdaderos protagonistas: sus pacientes, niños y adultos con discapacidades físicas y/o cognitivas severas. Un oasis que, en una sociedad muchas veces segmentada por religiones y nacionalidades, abre sus puertas a la heterogénea población de la región, sin diferenciar.

Cuando decimos oasis, no es porque sí, sino porque este lugar se construyó en medio del desierto del Negev. Y, para dar más y más fuerza a la metáfora, casi a propósito, contrasta la infinita arena a su alrededor con numerosos espacios verdes. Desde jardines colgantes hasta arroyos artificiales, pasando por una gran pileta y una granja donde los pacientes interactúan con distintos animales.

Eran fue la inspiración y primer paciente de la institución, cuyo nombre completo es ALEH Negev Nahalat Eran, en su honor. Falleció en el 2007, a los 23 y alcanzó a disfrutar durante algunos años de la creación que su padre, junto con donantes extranjeros y un enorme aporte del Estado de Israel, montó en el 2003. La sede del Negev es una de las cuatro existentes en el país (junto con las de Jerusalem, Bnei Brak y Gedera) y cuenta con amplias instalaciones que albergan a casi 200 residentes y reciben anualmente a casi 5000 pacientes externos. En 13 años crecieron de forma incesante y al día de hoy siguen agregando proyectos y materializando sueños año a año. A las facilidades que mencionamos antes, sumaron ya una clínica dental adaptada, viviendas especialmente diseñadas y un centro de equitación. Consultado por futuros proyectos, Shraga Evers, uno de los encargados del área de Marketing y Desarrollo, cuenta que tienen planeado construir un hospital neuro-ortopédico de rehabilitación con 108 camas y un anfiteatro adaptado para el uso de los pacientes. Además, en septiembre de este año inaugurarán un colegio, de mayores dimensiones que el existente y con un parque alrededor, donado por KKL México. Una vez más, las acciones dicen más que las palabras y queda en evidencia la ayuda del Keren Kameyet a la hora de fomentar la creación de espacios verdes y mejorar la calidad de vida de niños y adultos con necesidades especiales.

Otro de los latinos que trabaja en este centro de rehabilitación es Marcos Atlasovich, enfermero, nacido en Paraguay y llegado a Israel hace 30 años. En un español que no oculta marcas del hebreo, relata que antes de trabajar en ALEH se dedicó durante 22 años a la geriatría: “Me cansé, la lucha diaria con la muerte desgasta. Es dar todo y no recibir nada. Acá en cambio recibo muchísimo cariño y afecto, que los chicos reconozcan mi voz y sonrían no tiene precio”. Consultado por su opinión sobre el lugar, hace una pausa, y al borde de la emoción describe: “Es una pequeña parte del paraíso en nuestro mundo. Parece irreal, difícil de creer que se pueda hacer tanto con estos chicos, que se merecen esto y mucho más”.